Lo confieso: he estado 10 años sin donar sangre. Sí, está fatal, lo reconozco. Supongo que como no soy el único que pone excusas baratas, el banco de sangre de la Generalitat de Catalunya habrá pensado aquello de “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, por lo que anteayer se acercó al pueblo en el que vivo desde hace un par de años para recordarnos que para la solidaridad siempre deberíamos tener tiempo.

 

 

Así que, con el rabo entre las piernas, me junté con los muchos vecinos que se acercaron a donar sangre en el local que el Ayuntamiento habilitó para la ocasión. En la entrada, un amabilísimo médico revisó, entre muchos otros aspectos, mi tensión arterial y mi hemoglobina. Malas noticias para los que quisieran verme hipertenso y anémico: todavía me queda algo de salud para seguir en la resistencia nutricional.

 


¿Desde 2006 no donas sangre?, me preguntó el médico, sin dejar de sonreír. Vaya, cómo pasa el tiempo, balbuceé yo. Aunque la verdad es que antes sí que donabas con frecuencia, reconoció. No pude contestar, mis pensamientos se diluyeron en estos diez años en los que Olga y yo hemos vivido mudanzas (cuatro), libros (seis), juicios (dos), cambios de trabajo (no sé ni contarlos, lo confieso) y, sobre todo, criar a nuestras tres hijas.

 

El caso es que entré en la sala en la que debían quitarme unos pocos mililitros de mi sangre con el firme propósito de enmendarme y ser más consecuente de ahora en adelante. Otra sonrisa franca me recibió, me explicó los pormenores de la donación y en un santiamén ya estaba listo. Con una tirita en el brazo caminé hacia una mesa en la que otro cordial gentilhombre nos invitaba a hidratarnos y masticar algunas viandas antes de dar por finalizada la aventura. En ese preciso momento vino a mi mente esta estrofa de Estopa “Se me nublan los ojos, se me envenenan los pensamientos”. ¿Acaso me había mareado por la impresión? ¿Estaba perdiendo el sentido a causa de una hipovolemia? Nada de eso. Ante mí tenía una aparición que me dolió más que el pinchazo de la más gruesa de las agujas: “Avenacol, reconocido por la Fundación Española del corazón” de Cuétara. Un engendro más, a sumar a las lacerantes aberraciones dietético nutricionales que nos rodean. ¿Exagero? Lean, lean.

 

Sin hacer ni el más remoto caso a las decenas de declaraciones de salud que aparecen vistosamente en el envase del producto, fui al grano: ¿cuánto azúcar tendrá esta cosa? Pues un 21%. Para entender mejor esa cifra, imagínense que de cada cinco galletas que se coman, una estuviese formada exclusivamente por azúcar. Si todavía vive usted engañado por la industria azucarera y piensa que el azúcar es necesario para su cerebro, para sus músculos, o para prevenir pensamientos envenenados, debe saber que su valor nutricional es cero patatero, como expuse en este escrito. Dicho esto, paso a sumar la foto que aparece debajo de estas líneas a la sección “Cara que ponemos los nutricionistas cuando“.

 

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Vayamos ahora al reclamo que nos jura, en letras bien grandes, que “Ayuda a reducir el colesterol de forma 100% natural”. Para empezar, la legislación prohíbe utilizar la palabra “natural” en cualquier alimento, producto, suplementos o preparado que se venda con pretendida finalidad sanitaria, como justifiqué en 2013 el texto “Complementos dietéticos: cuidado con lo “natural””. Y lo prohíbe para evitar llevar a engaño al consumidor, sin más.

 

Sigamos. El packaging nos asegura que estas galletas ayudan a reducir el colesterol. Si bien es cierto que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) considera que consumir a diario tres gramos (no olviden esta cifra) de beta-glucanos de avena o de cebada, repartidos en distintos momentos del día, puede contribuir al mantenimiento de los niveles normales de colesterol en sangre, queda por resolver si eso se va a traducir en beneficios reales en el riesgo cardiovascular o en la mortalidad. No es una pregunta descabellada: los famosos esteroles vegetales que encontramos en muchos “yogures”, como Danacol, pueden reducir un poco el colesterol, pero “su impacto en la morbilidad y mortalidad cardiovascular es incierta”, en palabras del doctor Edzard Ernst. Corrobora el punto de vista de este experto (a quien tuvimos el honor de hacer una “mini entrevista” en mayo del año pasado) una investigación publicada en la edición de mayo-junio de 2015 de la revista Journal of the Association of Official Analytical Chemists International (J AOAC Int). El objetivo de bajar el colesterol, no les quepa duda, es disminuir el riesgo cardiovascular, algo que no han demostrado ni los esteroles vegetales de Danacol, ni tampoco los beta-glucanos de avena de Avenacol.

 

Así pues, tenemos ante nosotros unas galletas “Avenacol” que nos regalaron a los que fuimos anteayer a donar sangre, que no está claro que sean buenas para nuestra salud cardiovascular, pero que además tienen un 21% de azúcar. Esto nos lleva los tres gramos de beta-glucanos que he pedido hace unas líneas que no olviden. Porque para consumir dicha cifra, según leemos en la propia etiqueta del producto, tenemos que tomar 136,4 gramos de las citadas galletas, lo que se traduce en 30 gramos de azúcar. Como el propio etiquetado del producto nos señala que la cifra de referencia de ingesta calórica diaria asciende a 2000 kilocalorías, y sabiendo que 30 gramos de azúcar equivalen a 120 kilocalorías, eso nos permite deducir que sólo mediante esa cantidad de galletas consumimos el 6% de nuestras calorías a partir de azúcar. Cifra que supera el 5% que propone la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su más reciente revisión sobre azúcares y salud (“Esta nueva guía actualizada de la OMS hace un llamamiento a una reducción de la ingesta de azúcares libres hasta menos del 5% del total de la ingesta energética”).

 

¿Sabían, por cierto, que los españoles tomamos 111,2 gramos de azúcar cada día? Es una cifra escandalosamente alta, por lo que cualquier alimento que contribuya a aumentarla debe ser claramente alejado de nuestro alcance y de nuestra vista, como los medicamentos en el caso de los niños (y de muchos adultos, dicho sea de paso). Sin embargo, ahí está bien visible el sello de la Fundación Española del Corazón. En mi opinión y en la del abogado Francisco José Ojuelos (@criticaprocesal), dicho sello no solo no debería aparecer, sino que debería considerarse ilegal, como pueden ampliar en el texto “Sellos de entidades sanitarias en alimentos malsanos. Se acabó”.

 

Tras leer todo lo anterior espero que entiendan por qué muchos enumeramos esta lista de riesgos cuando pensamos en los llamados “alimentos funcionales” (como es el caso de Avenacol, o Danacol):

 

  • Inconsistencias en su regulación, con la confusión y falta de seguridad que ello genera en los consumidores.
  • Poca calidad del control de estos alimentos.
  • Posibilidad de incrementar el riesgo de determinadas enfermedades crónicas.
  • Riesgo de determinadas reacciones adversas a los alimentos, como alergias.
  • Y el riesgo más importante, en mi humilde opinión: muchas personas creen que estos productos pueden compensar un mal estilo de vida. ¿Y si quien consume estos productos acaba por tomar menos frutas frescas, hortalizas, legumbres o frutos secos? ¿Y si los consumidores creen que son tan saludables que pueden seguir fumando, bebiendo o siendo sedentarios? No, no son preguntas absurdas, es bastante probable que estos productos minen la autorregulación del patrón de alimentación o del estilo de vida, o generen una falsa sensación de seguridad que desinhiba comportamientos malsanos, por lo que pueden llegar a ser peor que inútiles

 

Como en la mesa en la que perdí el sentido no solo estaba Avenacol, sino varios productos grasientosaladoazucarados, y como no encontré ni un atisbo de un alimento saludable (salvo en el caso de unas botellitas de agua que había junto a decenas de zumos) termino este escrito rogando, implorando y suplicando al Banc de Sang de la Generalitat de Catalunya que sea consciente de algo: quienes vamos a donar sangre, pensaremos que los productos que nos ofrecen no pueden ser malsanos, dado que aparecen en un entorno sanitario. Si ello se traduce en que empeorará todavía más nuestro ya renqueante patrón de alimentación, se producirá una fea paradoja: aumentarán las enfermedades crónicas (que matan al 60% de los españoles), lo que generará una mayor demanda de sangre para tratarlas. ¡Con lo saludable, delicioso, barato y educativo que es ofrecer fruta fresca o frutos secos no salados!

 

P.D. (22 de septiembre de 2016): El Banco de Sangre ha respondido indicando que “tomamos buena nota de tus sugerencias”. Agradecido quedo…y cruzo los dedos.
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