Ha pasado tiempo suficiente desde que, en 2017, impartí la charla «La copita de vino no es saludable» para que las pruebas científicas hayan dado la razón (o no… ) a quienes me han tachado, en estos nueve años, de alarmista, mentiroso, talibán o cualquier otro piropo.

Pero no, las pruebas no han dado la razón a las lenguas de serpiente.

Una recién publicada revisión científica titulada «Review of Evidence on Alcohol and Health» acaba de desmontar definitivamente el mito de los beneficios del consumo «moderado» de alcohol. La revisión ha sido elaborada por las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos junto con su Departamento de Salud.

Que nadie piense que el informe está pagado por los «antialcohol». Porque justamente ha sucedido lo contrario: el informe ha sufrido intolerables retrasos burocráticos y ha sido «archivado» o dejado de lado por anteriores administraciones debido a las presiones y campañas de relaciones públicas de los lobbies de la industria del alcohol, que han invertido miles de millones de dólares para proteger su mercado y seguir vendiendo el alcohol como algo saludable, según denuncia el doctor Edzard Ernst aquí.

¿Qué concluye el informe? Pues que no existe ningún beneficio para la salud por consumir ninguna dosis ni ningún tipo de alcohol, sea vino, cerveza o cualquier otra bebida alcohólica. Incluso una sola bebida al día eleva significativamente el riesgo de padecer enfermedades crónicas graves y de sufrir una muerte prematura.

Pero también se desmonta de nuevo, y con los mismos argumentos que expuse en mi charla (que no me inventé, es algo sabido desde hace años) esa patraña de que una copa diaria de vino o cerveza puede proteger el sistema cardiovascular. Se justifica que los estudios que supuestamente constatan supuestos beneficios contienen un grave error de diseño conocido como el efecto del «abstemio enfermo» (sick quitter effect). ¿En qué consiste? Pues en contar entre los «no bebedores» a personas que habían dejado el alcohol porque ya arrastraban problemas de salud graves. Así, su mala salud no es por ser abstemios, sino por haber bebido alcohol previamente.

Y también se insiste en que el alcohol es un tóxico que daña de una forma dependiente de la dosis sin un umbral mínimo seguro. Aumenta el riesgo no sólo de cirrosis hepática, también de hipertensión grave y de varios tipos de cáncer (esófago, colorrectal, mama, entre otros), además de acelerar el envejecimiento cerebral y de aumentar el riesgo de lesiones por accidentes o agresiones (a los consumidores y a personas inocentes).

En el texto de Ernst antes citado nos topamos con una investigación recién salida del horno, y encargada por el gobierno de EE. UU. que corrobora lo expuesto más arriba, y que invita a endurecer al máximo las recomendaciones de salud pública. Así, en vez de considerar que consumir hasta dos bebidas al día en varones y una en mujeres es compatible con la salud, tales recomendaciones deberían advertir rotundamente que lo ideal es no consumir nada de alcohol… y que el el límite estricto debería ser un máximo de una bebida al día para quienes decidan beber, pero dejando claro que el riesgo cero no existe (George S et al. Alcohol Intake and Health Study: No Protective Effect at Low Levels, With Mortality Increasing to 1 in 25 at 14 Drinks Per Week. J Stud Alcohol Drugs. 2026 Jul;87(4):621-638).

Vamos, que cuanto menos alcohol mejor, y si es cero patatero, mejor todavía.

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