Artículo originalmente publicado en 2013 en el blog de “La Sirena” (colaboré hasta 2015). Lo he actualizado con algunos datos más recientes.

Tras 17 años siendo padre no dejo de preguntarme si el hecho de comer a menudo con nuestros hijos es positivo para ellos o más bien lo es para nosotros, para los padres, lo que acaba siendo bueno para todos. Y es que el hecho de que nosotros seamos felices es crucial si queremos que ellos lo sean. Estoy convencido de que su compañía frecuente nos hace mejores personas, pero también nos ayuda a entender mejor a nuestros hijos, a aprender a comunicarnos con ellos, a escucharlos más y a ser más flexibles. En resumen, nos educa como padres y nos da razones para ser felices.

El párrafo anterior refleja mi opinión personal, tan válida como la de cualquier otro. A continuación expongo algunos datos interesantes, casi todos tomados de investigaciones científicas centrada en esta cuestión.

En el colegio, ¿comen mejor?

En el libro “Se me hace bola” expliqué que, aunque es probable que en la escuela los niños coman más saludablemente que en casa (porque en nuestras casas hay más alimentos superfluos), la realidad es que hay datos que nos hacen pensar que el niño suele aprender mejores hábitos de alimentación (que usará de por vida) en casa que fuera de ella. La doctora Katherine L. Cason, en la revista Journal of the American Dietetic Association detalló en abril de 2006 pruebas que señalan que los menores que comen en casa acaban tomando, siendo adultos, más frutas y hortalizas (y menos bebidas refrescantes y alimentos superfluos) que los que comen en la escuela. Diez años después, un estudio coordinado por la doctora Shannon M. Robson constató que la dieta de los padres se relaciona de forma clara con lo que comen los hijos.

Si te preocupan los posibles efectos negativos que el comedor escolar ejerce sobre tu hijo, ten en cuenta los siguientes datos, tomados del documento “La alimentación saludable en la etapa escolar” editado por la Agència de Salut Pública de Catalunya en 2012: “debe tenerse en cuenta que la comida del comedor escolar sólo representa un 9% del total de comidas que hacen los niños al cabo de un año: una de las cinco comidas diarias, que tiene lugar cinco de los siete días de la semana, y exclusivamente durante el periodo escolar, unos 175 días de los 365 que tiene el año”.

Así, aunque tu hijo coma todos los días en el cole, solo realiza 175 ingestas de las 1.825 que hace al cabo del año, o sea, el 10%. Tú eres mucho más importante que el comedor escolar, para bien o para mal, a la hora de influir sobre la alimentación de tu hijo. Sí puede influir negativamente el comedor escolar, en todo caso, si existe un mal ambiente en él y se utilizan técnicas coercitivas.

 

Comer en familia: saludable, simple y eficaz

Una estrategia eficaz y sin efectos adversos para hacer frente, en cierta medida, al problema, es algo tan simple como comer en familia. No es una varita mágica, desde luego, pero vale la pena tener en cuenta las numerosas ventajas que han observado los estudios centrados en esta cuestión.

Para empezar, vale la pena acudir a una de las entidades de referencia en salud infantojuvenil: la Academia Americana de Pediatría, que recomienda a todas las familias que compartan la mesa “de forma regular”, para prevenir la obesidad de niños y adolescentes.

Más reciente es un estudio publicado en julio de 2013, centrado en adolescentes, que observó que comer en familia se correlaciona con un menor peso corporal y una mayor ingesta de hortalizas, confirmando algo que ya habían constatado otros investigadores. Aunque se trata de un estudio pequeño y con un diseño que impide extraer relaciones “causales” (no sabemos si comer en familia es la causa del menor peso, o si sucede que las familias con menor peso son más proclives a comer en familia), los autores creen que la literatura científica existente permite afirmar que compartir la mesa es una estrategia preventiva de la obesidad.  Es cierto que hay investigaciones centradas en niños más pequeños que no hallan pruebas concluyentes a este respecto, y no es menos cierto que de ninguna manera se debe interpretar que las comidas en familia deben ser la única manera de abordar la prevención de la obesidad, pero se trata de una importante oportunidad sin efectos adversos.

 

Trastornos del comportamiento alimentario, y comportamientos de riesgo

El estudio citado, en cualquier caso, constató algo más: las dinámicas interpersonales son más positivas (Ej.: mejor comunicación) cuando compartimos mesa con nuestros hijos. De hecho, hay investigaciones que apuntan que aumentar la frecuencia de las comidas familiares y promover una buena atmósfera emocional en la mesa (mediante conversaciones distendidas) se vincula con menores síntomas depresivos en niños pero también con menos casos de trastornos del comportamiento alimentario.

En este sentido, la “Guía de práctica sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria”, publicada en 2009 por el Ministerio de Sanidad, incluye entre sus consejos a la hora de abordar esta clase de patologías que el menor esté “sentado en familia” a la hora de comer.

Es importante tener en cuenta, además, que en los niños o adolescentes con indicios de trastornos de la alimentación, las comidas pueden proporcionar un entorno en el que los padres puedan reconocer las señales tempranas de esta dolencia, y tomar medidas para evitar que tales indicios se conviertan en trastornos de conducta alimentaria en toda regla. Además, al comer juntos, los adolescentes pueden sentirse animados a hablar con su familia de sus preocupaciones al respecto de este tema.

La exploración más reciente sobre la relación entre comer en familia y salud infantil la han llevado a cabo investigadores de la Univeridad de Medicina de Tuffs, en Boston. En su estudio, publicado en la revista Journal of Youth and Adolescence en julio de 2013, se evaluó si comer en familia puede proteger en adolescentes de los siguientes comportamientos de riesgo:

  • Consumo de alcohol, tabaco, marihuana u otras drogas,
  • Conductas agresivas y/o violentas,
  • Bajo rendimiento escolar,
  • Comportamiento sexual inadecuado
  • Problemas de salud mental y
  • Trastornos del comportamiento alimentario

Pues bien, tras su revisión, los autores concluyeron que, aunque es necesario seguir investigando al respecto, los estudios apuntan que las comidas familiares pueden proteger los comportamientos de riesgo en adolescentes. Se trata de algo que, según ellos, tiene implicaciones prácticas para los padres, pero también para los médicos y las organizaciones sanitarias.

 

Datos clarificadores

Una interesantísima investigación aparecida en la revista Pediatrics en junio de 2011 indicó que compartir 3 o más comidas en familia por semana puede reducir las posibilidades de que los niños padezcan exceso de peso en un 12%, de que se tomen alimentos insanos en un 20%, de que sufran trastornos de la alimentación en un 35%. Pero además aumenta las probabilidades de los menores tomen alimentos sanos en un 24%. ¿Quién da más?

Seguro que estarán pensando que los estudios anteriores no pueden determinar a ciencia cierta que la relación es causal. Así, quizá lo único que constatan es que el comer a menudo en familia es un marcador o un indicador de que en esa familia se trata con más cariño a los niños, o que son familias más preocupadas por la alimentación o los buenos hábitos de vida, lo que les lleva a comer juntos más a menudo. También puede ser que estemos ante una causalidad inversa, es decir, los niños menos proclives a padecer obesidad, problemas de salud mental o trastornos de comportamiento alimentario también son más proclives a comer con sus padres con más frecuencia. Es cierto que en los estudios citados se suelen ajustar los resultados por posibles factores de confusión, como el poder adquisitivo de la familia o el nivel académico de los padres, pero también es cierto que no estamos ante una certeza absoluta de que comer con los padres sea de verdad determinante para proteger al niño de todos los males de este mundo. Por eso en este artículo traigo términos como “puede reducir”, “se vincula con”, “puede proteger”. Sin embargo, estoy convencido de que no es negativo que comamos con nuestros hijos y de que es una buena manera de aprender a relacionarnos con ellos, de dar ejemplo o de aprender del suyo.

Las comidas familiares, en suma, son algo más que una bonita tradición, pueden actuar como un factor de protección para muchos problemas nutricionales relacionados con la salud en la infancia y la adolescencia, y eso incluye los relacionados con el sobrepeso, la mala alimentación y los trastornos alimentarios. Mucho mejor, por cierto, si en la mesa, además de dar ejemplo y fomentar un ambiente distendido, tenemos muchos alimentos saludables, y pocos superfluos.

 

 Nota: Muy agradecido a mis maravillosas hijas, María, Ana y Clara, por permitirme utilizar la foto que embellece (e incluso diría “ilustra”) esta entrada en el blog. Como ya he comentado en alguna ocasión, para mi mujer y para mí (dos nutricionistas) lo más importante en la mesa no es la comida, sino el buen ambiente que hay en ella.

 

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