Cierto día, un buen amigo me planteó, mientras caminábamos, una duda.

Hace muchos años que cuando mi amigo y yo quedamos no lo hacemos en un bar delante de dos cervezas, sino que recorremos unos cuantos kilómetros a la vez que nos ponemos al día.

La suya fue una de esas preguntas que te hacen recordar el sitio exacto en el que estabas cuando entró en tu cerebro: «¿Para qué crees que sirve una medalla?».

Mientras pensaba la respuesta, con mi mirada perdida en el velódromo de Horta, él añadió: «¿Acaso no se queda en un armario, colgada en la pared o escondida en un cajón?».

Yo creo que sirve mucho, contesté después de unos cuantos pasos en silencio, ya cerca del Laberinto de Horta. Mi respuesta fue algo así: lo importante, en realidad, no es la medalla sino su recuerdo. El recuerdo de que cierto día lograste algo trascendental en tu vida. Algo que te costó un esfuerzo tremendo y que anhelabas con una obsesión casi enfermiza.

Es un simple recuerdo, es cierto, pero es tan potente que grita a tu alma: «Conseguiste una vez algo importante, así que tienes en tu interior la capacidad de alcanzar nuevas metas».

Lo sé porque escucho cada día ese grito. Proviene de los recuerdos de varias «medallas»: el día en que Olga y yo nos dimos nuestro primer beso, el día en que nacieron María, Ana y Clara, el día en que aprobé una oposición, el día en que conseguí mi primera matrícula de honor en la universidad, el día en que tuve mi primer libro entre manos o el día en que una de nuestras hijas nos dijo: «De mayor quiero tener una relación de pareja como la que tenéis vosotros».

No importa dónde estén ubicadas las «medallas» que hemos logrado conquistar. Da igual que estén en un armario, en la pared, en un cajón, en un libro de familia, en un expediente académico o en un currículum.

Porque su recuerdo es indeleble.

Y poderoso.

 

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