Tomasz Żurawski y Anna Bartosiewicz acaban de publicar una revisión sistemática que vale la pena mirar de cerca, porque ha evaluado el efecto de la dieta cetogénica sobre el control de peso corporal (Nutrients. 2026 Aug 4;18(15):2525).

En el estudio se ha observado una pérdida de peso atribuible a la dieta de 1,49 kg. Peeero… la duración de los estudios evaluados es muy corta: de entre 1,5 y 3 meses, con sólo un estudio que haya valorado el efecto durante un año. Esto es importante porque, en palabras de los autores, “la reducción temprana del peso corporal puede reflejar en parte el agotamiento de las reservas de glucógeno y el agua asociada a ellas, en lugar de la pérdida de tejido adiposo únicamente”.

No sólo eso, sino que es plausible pensar que buena parte del peso perdido sea masa muscular. Sin olvidar, claro, que la pérdida de peso es, también según los autores, “de magnitud modesta […] y su relevancia clínica debe interpretarse con cautela”.

El número de personas evaluado también es pequeño: 259 participantes. En la discusión del estudio leemos que cuanto mayor es el número de participantes en un estudio, menor es el efecto observado. Algo muy importante en epidemiología, porque los estudios más grandes suelen tener un diseño más riguroso, aplican condiciones más reales y evitan el sesgo de publicación que se constata a menudo en las muestras pequeñas. También evalúan poblaciones más diversas donde la alta variabilidad del azar se diluye de forma natural. Vale la pena recordar que la obesidad es una enfermedad crónica, que afecta a más de 1000 millones de personas, según la OMS (1 de cada 8 personas), y que el efecto rebote (o efecto yoyó) es muy frecuente.

Pero este nuevo metaanálisis no se olvida de citar que la restricción de carbohidratos puede reducir la ingesta de alimentos con componentes saludables (como la fibra dietética u otros compuestos bioactivos) y que las dietas cetogénicas pueden elevar el colesterol LDL, lo cual, según los autores “es clínicamente relevante, dado el papel causal establecido del LDL-C en la enfermedad cardiovascular aterosclerótica”. Justo por esta razón, un panel de expertos de la Asociación Norteamericana del Corazón (AHA) clasifica la dieta cetogénica como la peor para prevenir las enfermedades cardiovasculares (Circulation. 2023 May 30;147(22):1715-1730).

Por todo lo anterior, no extraña que la Asociación Brasileña para el Estudio de la Obesidad y del Síndrome Metabólico detalle lo siguiente (Diabetol Metab Syndr. 2023 Jun 9;15(1):124. ):

«Las dietas bajas en carbohidratos no promueven una mayor pérdida de peso en comparación con otros tipos de dietas en estudios a largo plazo”.

No sólo eso, sino que esta entidad justifica que

“La dieta cetogénica no debe recomendarse para el tratamiento de la obesidad ya que no favorece una dieta equilibrada ni favorece la adherencia a hábitos alimentarios saludables”.

¿Qué nos proponen? Pues entre otros interesantes consejos, el siguiente: “Las dietas vegetarianas o basadas en plantas con ingesta reducida de alimentos ultraprocesados pueden ser una opción para la prevención y el tratamiento de la obesidad».

Lo descrito hasta ahora coincide con otro metaanálisis: el de Katalin Szendi y colaboradores, que detalló que los estudios que cacarean supuestos beneficios atribuibles a esta dieta presentan “numerosos errores metodológicos y factores de confusión” (por ejemplo: no definieron los parámetros esenciales de una dieta cetogénica como calorías, proporción de macronutrientes, tipos de ácidos grasos, cuerpos cetónicos). Su conclusión fue que ningún sanitario debería “recomendar dietas cetogénicas como forma de perder peso, cuando se ha demostrado que otras opciones dietéticas conocidas son saludables” (Foods. 2024 Jan 12;13(2):248). Amén.

En resumen, no tenemos pruebas de la utilidad de la dieta cetogénica para perder peso a largo plazo, sospechamos que pueda ser contraproducente y, como justifiqué en mi artículo “La dieta cetogénica está de moda. El rigor científico no.”, sabemos que a corto plazo puede causar efectos adversos (como náuseas, estreñimiento, diarrea, halitosis, calambres musculares, fatiga, debilidad o dolores de cabeza) y  que a largo plazo se asocia a trastornos gastrointestinales, arritmias, nefrolitiasis, pancreatitis, fracturas óseas, hipercolesterolemia LDL, déficits nutricionales y un mayor riesgo cardiovascular. Pero es que además, seguir una dieta cetogénica puede aumentar nuestro riesgo de mortalidad prematura. Según la revisión de Elizabeth Hess y colaboradores (Evid Based Pract. 2024;27(4):21-23):

“En comparación con una ingesta moderada de carbohidratos, las dietas bajas en carbohidratos que contienen más grasas o proteínas de origen animal se asocian con hasta un 20% de aumento en el riesgo de mortalidad, mientras que las ‘plant-based diets’ [dietas basadas en alimentos de origen vegetal poco procesados] se asocian con hasta un 18% menos de riesgo de mortalidad”.

Vamos, que si le tenemos cariño a la salud y al principio de precaución, no deberíamos seguir una dieta cetogénica.

Insisto en lo que he justificado en mi último libro, “Todos gordos (con perdón)”: la única dieta aconsejable para perder peso es una plant-based diet.

 

 

 

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