Una amiga acompañó dos horas diarias y durante un mes a su bebé de un año en una escuela infantil. Quería que su hijo se adaptase. Nunca ocurrió. En esas horas, mi amiga contempló cómo una sufrida educadora intentaba atender a los 11 bebés restantes, que permanecerían allí hasta 8 horas. De ahí este texto. Me pide que lo comparta pero que mantenga su anonimato. Lo ha titulado “Donde comienzan los traumas”:
«No sé explicar con palabras lo doloroso que era contemplar a diario ciertas escenas que se ofrecían, casi sin pudor, al cruzar el umbral de aquella escuela infantil. El aire parecía detenido, como si incluso las partículas de polvo se hubieran resignado a no moverse para no perturbar la congoja flotante. En medio del salón, la única cuidadora —una mujer de rostro fatigado, con ojeras que parecían haberse excavado a sí mismas— se movía con una torpeza que no nacía de la falta de voluntad, sino del simple hecho de que dos manos no pueden alcanzar lo que once criaturas, simultáneamente, demandan. Sus ojos, desbordados de urgencia, iban de un rincón a otro sin encontrar reposo; sus oídos, tensos, recibían un coro de lamentos que jamás llegaba a apagarse.
A su alrededor, los bebés, apenas iniciados en la vida, mostraban un repertorio a veces silencioso de tristezas que la edad no justifica, pero que la circunstancia impone.
Algunos, con la mejilla húmeda por un llanto ya sin fuerza, se mecían en un vaivén aprendido por pura necesidad de consuelo. Otros, con la mirada perdida en un punto indeterminado, parecían haberse resignado demasiado pronto a la imposibilidad de ser atendidos.
Había manos que se alzaban pidiendo brazos que no llegaban, bocas que buscaban alimento afectivo más que físico, cuerpos que se encogían no por frío, sino por desamparo.
Los tonos más sombríos, los más desgarradores y silenciosos, no los ofrecían los gritos —que los había— sino esos momentos en que el llanto cesaba y era sustituido por un quieto abatimiento, impropio de criaturas que apenas habían cumplido un año. Era el silencio de los que ya habían entendido, sin palabras, que la espera será larga; el silencio de quienes comenzaban a aprender, prematuramente, que el mundo no siempre responde.
Allí, donde debería reinar la ternura, se mostraban bajo su aspecto más cruel la prisa, la precariedad, la ausencia, la desesperanza.
Unos niños aún conservaban vestigios borrosos de la calidez con la que llegaron en brazos de sus padres; otros, ya desecados en su mínima esperanza, parecían haber archivado la necesidad de afecto para poder soportar, hora tras hora, la supervivencia fría de un horario impuesto. Ninguno sabía aún que esas huellas invisibles —ese abandono que no es maldad, sino estructura— quedaría grabado más hondo que cualquier cicatriz visible.
Y así transcurría la mañana: entre el murmullo cansado de una cuidadora sola y la penumbra emocional de once vidas apenas estrenadas, que no aspiraban a otra cosa que a resistir, indefensas, hasta que una puerta volviera a abrirse y las devolviera, por fin, a los brazos que las nombran».
Posdata (25 de noviembre de 2025): A pesar de la vivencia relatada por esta persona, hay que destacar que hay infinidad de centros de educación infantil que ofrecen entornos seguros, muy cuidados y protectores que preservan y potencian el desarrollo emocional, en especial gracias a las relaciones afectuosas y estables con educadoras y maestras maravillosas. Os invito a leer los artículos de la revista «Infancia. Educar de 0 a 6 años», de la «Associació de Mestres Rosa Sensat»: https://www.rosasensat.org/revistainfancia/
En especial, centrados en la alimentación, destacan:
– https://www.rosasensat.org/revista/infancia-219-2/ (página 15)
– https://www.rosasensat.org/revista/infancia-228-4/escola-0-3-una-mirada-a-lestona-dels-apats/
– https://www.rosasensat.org/revista/infancia-238/escola-0-3-una-mirada-a-lestona-de-dinar/
– https://www.rosasensat.org/revista/infancia-en-europa-hoy-numero-1/vinculo/
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