Varias personas me han preguntado estos días por correo electrónico o en las redes sociales algo así como “usted dirá lo que quiera, pero mi hijo come muy poco, ¿qué hago?”. De ahí que me haya animado a detallar aquí las once reflexiones que vienen a mi mente al leer dicha frase. Aparecen justo debajo de este resumen de un minuto que he hecho en mi cuenta de YouTube:

 

 

1.- Si es un bebé menor de 6 meses, lo recomendable es que no consuma  otra cosa que leche materna o, en su defecto, una fórmula infantil. En los dos casos el  bebé debe consumir la leche a demanda, es decir, en función de sus señales internas de hambre y saciedad.  Hablé de ello en el texto “Bebés: ¿hasta qué edad conviene que tomen solo leche materna?”. Tienen más información en esta guía de la Generalitat de Catalunya titulada “Recomendaciones para la alimentación en la primera infancia (de 0 a 3 años)”.

2.- Si es un bebé menor de un año, es imprescindible insistir en que “alimentación complementaria” no significa “alimentación sustitutoria”, como expliqué en el texto “La alimentación complementaria en bebés, y la diferencia entre ropa y complementos”.

3-. Alrededor del año los niños dejan de crecer a tanta velocidad por lo que su apetito se vuelve “errático e impredecible”, en palabras del Comité de Nutrición de la Academia Americana de Pediatría (Libro “Pediatric nutrition handbook, 6th ed”, página 145).

4.- Después del año la leche materna sigue siendo una importante fuente de calorías. Así, mientras que la leche de vaca entera contiene 637,86 kilocalorías por litro, la leche de mujeres que lactan más de un año aporta 879,7 kilocalorías por litro, como justifiqué en el texto “La leche materna SÍ alimenta a partir del año”.

5.- Un bebé que toma mucha leche materna más allá del año no solo se está nutriendo, sino que además está protegiendo su salud. Los estudios serios constatan que durante los tres primeros años del niño el factor nutricional que más influye sobre la salud a largo plazo es la lactancia materna, como indiqué en el artículo “Por qué la lactancia en niños mayores de un año no es una moda”.

6.- “Poco” no es sinónimo de “nada”. Los niños tienen un gasto calórico inferior al de los adultos, por lo que lo normal es que coman menos que nosotros. Es tan lógico como pensar que una moto consume menos gasolina que un camión.

7.- Dado que la variabilidad en las necesidades calóricas del niño es muy elevada, no tiene sentido comparar el apetito de nuestro niño con el del vecino. Detallo más abajo una gráfica que elaboré (con la impagable ayuda de Marta Tramullas (@martatramusand) en base a datos adaptados de Am J Clin Nutr. 2000 Dec;72(6):1558-69 (www.pubmed.gov/11101486).

 

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8.- Insistir, presionar, coaccionar o premiar a un niño para que coma es contraproducente, como detallé en el texto “Niños acosados por sus padres para que coman: a más insistencia, más resistencia” o como han aconsejado recientemente entidades como la Generalitat de Catalunya (“Generalitat de Catalunya a familias y monitores de comedor: no obliguen a comer a los niños“) o la European Society of Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) (“Parents should be encouraged to respond to their infant’s hunger and satiety queues and to avoid feeding to comfort or as a reward” (J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2017 Jan;64(1):119-132).

9.- En muchísimos casos el niño no come porque en desayunos y meriendas consume alimentos con una alta densidad calórica y muy sabrosos, que le restan apetito para la comida normal (que, además, es menos apetitosa que los alimentos ultraprocesados). Hablé de ello en el artículo “¿Por qué no come mi hijo?”.

10.- Lo que de verdad nos preocupa a los profesionales sanitarios sobre la alimentación no es la delgadez sino obesidad, una auténtica pandemia.Miren, si no me creen, el par de gráficas que detallo debajo de estas líneas, y que he compartido por aquí en alguna ocasión, como en el texto “¿Por qué no hay ancianos en la película WALL•E?“.

11.- Es raro que a unos padres se les olvide añadir después de dicha frase “y además está decaído, fatigado y asténico”, en cuyo caso habría que pensar no en obligarle a comer, sino en solicitar ayuda médica. He dicho que es raro, no que sea imposible, así que si usted está realmente preocupado por la salud de su hijo, consulte a su pediatra. Si tras valorar su estado de salud, el pediatra concluye que no tiene ninguna enfermedad, revise de nuevo las consideraciones anteriores.

 

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