Las enfermedades gastrointestinales afectan mucho a nuestra calidad de vida, así que lo ideal es prevenirlas. Para ello, en general, resulta utilísimo seguir una dieta saludable en nuestro día a día y mejorar nuestros hábitos de salud. Digo “en general”, porque existen ciertos factores genéticos o ambientales que no dependen de nosotros, aunque nunca está de más dar brillo a una herramienta llamada “estilo de vida”. En todo caso, como uno de los trastornos gastrointestinales más frecuentes es el llamado “síndrome del intestino irritable” (sobre todo en mujeres) creo que vale la pena mirarlo de cerca.

¿Qué es?

Diagnosticar el síndrome del intestino irritable no es como diagnosticar una caries, que o bien está, o bien no está, sino que se realiza en base a un conjunto de signos y síntomas, algo así como saber qué tiempo está haciendo en un sitio desde un satélite. Las personas que presentan este síndrome padecen dolores abdominales o serias molestias asociadas con los hábitos intestinales. Pero ojo, eso no quiere decir que todo el que tenga dolor abdominal o molestias intestinales tenga este síndrome, de igual manera que no todo lo que es blanco y está volando es una gaviota.

Todos los documentos que hablan de este síndrome tocan el asunto del diagnóstico con pinzas, porque las posibilidades de errar son altas. Algo nada conveniente, porque etiquetar de forma errónea a alguien como “enfermo”, o peor aún “enfermo crónico”, suele generar una innecesaria “medicalización” o “nutrientización”, además de problemas laborales, familiares e incluso psicológicos.

En cualquier caso, un interesante trabajo publicado en julio de 2014 en la revista World Journal of Gastroenterology y coordinado por la doctora Rosario Cuomo, detalló que el médico debe evaluar si existen dolores abdominales recurrentes durante como mínimo tres días al mes durante los últimos tres meses, además de dos o más de los siguientes criterios:

  • Mejora de los síntomas tras la defecación,
  • Aparición de los síntomas tras con un cambio en la frecuencia de las heces.
  • Mayor sintomatología relacionada con cambios en la forma o en la apariencia de las heces.

Sin embargo, debo insistir en que existe mucha controversia en el ámbito sanitario con todo lo relacionado con este síndrome tal y como detalló en 2012 el doctor Michael Camilleri, catedrático de medicina, farmacología y fisiología (Therap Adv Gastroenterol).

¿Cuántas personas lo padecen y qué lo desencadena?

Según la investigación de Cuomo y colaboradores, recién citada, entre el 10-15% de la población de los países industrializados parece sufrir esta dolencia, lo que la convertiría en uno de los trastornos gastrointestinales más frecuentes. Es más habitual en mujeres que en hombres, por motivos que no acaban de dilucidarse. Tampoco está del todo claro qué lo desencadena, aunque se barajan los siguientes posibles factores:

  • Desregulación de la conexión que existe entre el cerebro y el intestino, necesaria para una correcta función intestinal.
  • Factores psicosociales.
  • Factores genéticos.
  • Problemas en el funcionamiento de la barrera intestinal
  • Cambios en la flora intestinal.

Confusión en el tratamiento

Al parecer, más de la mitad (62%) de las personas que padecen el síndrome del intestino irritable limitan o excluyen alimentos de su dieta. Pese a ello, lo cierto es que es difícil determinar qué alimentos son mal tolerados por estos pacientes o desencadenan los síntomas de esta dolencia, en gran medida por la falta de estudios bien diseñados sobre esta cuestión.

De ahí que en muchas ocasiones los profesionales sanitarios recurramos a consejos “empíricos”, es decir, cuando no cabe duda de que los síntomas siempre ocurren tras consumir determinado alimento, es mejor retirarlo de la dieta, al menos provisionalmente. Y de ahí también el escepticismo con el que muchos nutricionistas contemplamos los consejos dietéticos para este trastorno, que en no pocas ocasiones se reducen a cambios en la ingesta de fibra o una reducción en el consumo de grasas, tal y como detallan la doctora Cuomo y su equipo, pertenecientes a la Facultad de Medicina de Nápoles.

En suma, conviene revisar con cautela los estudios disponibles para no extender más todavía la confusión que en ocasiones reina en este trastorno.

¿Trigo?

En el mundo hay muchas personas que padecen enfermedad celíaca, que requiere la exclusión de los cereales con gluten de la dieta (como el trigo). Por tanto, es lógico pensar que en algunos de ellos coincidirá la presencia simultánea del síndrome del intestino irritable. Pero de ahí no podemos concluir que todos los pacientes con intestino irritable padecerán enfermedad celíaca (o viceversa), ni tampoco que el gluten genere el síndrome del intestino irritable o la enfermedad celíaca a alguien sano.

La conclusión de Cuomo y colaboradores es bien clara: “no existen evidencias claras que sustenten que el gluten pueda inducir síntomas gastrointestinales en personas sin enfermedad celíaca”.  Sí existen ciertas sospechas para otras sustancias presentes en el trigo (y en muchos otros alimentos), denominadas carbohidratos de cadena corta. Esto nos lleva a la llamada “dieta FODMAP”.

¿Dieta FODMAP?

FODMAP son las siglas de las palabras inglesas Fermentable Oligosaccharides, Disaccharides, Monosaccharide And Polyols, es decir, Oligosacáridos Fermentables, Disacáridos, Monosacáridos y Polioles. Son carbohidratos de cadena corta que en ocasiones se han relacionado con la aparición de los síntomas del síndrome del que hoy hablamos, y que presentes, sobre todo, en algunas frutas, determinadas hortalizas y ciertas legumbres, aunque también en algunos lácteos. Hay estudios que han observado que reducir la presencia de estas sustancias en la alimentación podría mejorar la sintomatología del síndrome del intestino irritable, de ahí que solemos escuchar que la “dieta FODMAP” es prometedora.

No obstante, existen profesionales que cuestionan su validez o que al menos se muestran precavidos. Es mi caso. En primer lugar, porque no hay pruebas convincentes de la utilidad real o la su seguridad a largo plazo de esta dieta (Curr Gastroenterol Rep. 2014 Jan;16(1):370). En segundo lugar, porque la dieta puede traducirse en una exclusión de una gran variedad de alimentos, lo que puede comprometer la ingesta de nutrientes. Y en tercer lugar, porque muchos de los alimentos de dicha “dieta” están situados en la base de toda alimentación saludable.

La crítica científica más reciente a la dieta FODMAP proviene de la revista científica Drug and Therapeutics Bulletin (del grupo British Medical Journal). En la edición de agosto de 2015, tras revisar las evidencias disponibles, se concluye que hay muy pocas pruebas que sustenten la utilidad de esta dieta para manejar el síndrome del intestino irritable. En una nota de prensa hecha pública por la revista, y recogida el 7 de agosto en el portal ScienceDaily, se detalla algo que ya he citado hace unas líneas: toda manipulación dietética puede desequilibrar la alimentación, por lo que se insiste en que cualquier exclusión se haga bajo la supervisión de dietistas-nutricionistas duchos en este tipo de manejo dietético.

¿Qué hacemos entonces?

Sin duda, debe existir un abordaje multidisciplinar. Además del médico (en especial el gastroenterólogo), creo que conviene no descartar solicitar apoyo psicológico. No es mi especialidad, por lo que no valoraré aquí las evidencias de la terapia psicológica en esta enfermedad, aunque sugiero considerar el trabajo “Irritable Bowel Syndrome”, de Jenifer K Lehrer y colaboradores en Medscape (16 de junio de 2015). En cuanto al papel del dietista-nutricionista, nada mejor que recurrir al enfoque que aparece en el manual de referencia “Krause dietoterapia”, que propone:

  • Identificar las preocupaciones y percepciones del paciente.
  • Revisar las características de la enfermedad y la posible influencia de ciertos alimentos
  • Enseñar al paciente a reducir los síntomas relacionados con alimentos.
  • Insistir en no seguir una dieta innecesariamente restringida. Esto es relevante, porque en muchas ocasiones se siguen tales dietas por no pasar vergüenza en situaciones sociales. La restricción dietética puede llevar a un círculo vicioso, porque puede traducirse en un empeoramiento de los síntomas.
  • Conviene evitar las comidas copiosas y tiene sentido limitar el consumo de alcohol (que daña las células intestinales) y de café (que puede inducir ansiedad y exacerbar los síntomas).
  • Tranquilizar al paciente e incorporar de forma gradual una dieta lo más saludable posible, en la que se limiten los alimentos de los que tanto el paciente como el profesional están seguros de su implicación en los síntomas..

Por último, no quiero dejar de citar un estudio publicado el 14 de enero en la revista World Journal of Gastroenterology que constató que incrementar la cantidad de ejercicio que realizan los pacientes con síndrome del intestino irritable mejoró sus síntomas físicos, pero también psicológicos. Es más, su calidad de vida aumentó, disminuyó su sensación de fatiga y se redujo la ansiedad. Sumémosle que el ejercicio físico puede aumentar de forma notable nuestra esperanza de vida. Y es que el ejercicio nos aporta placer y salud, todo en uno.

Julio Basulto (@JulioBasulto_DN)

Dietista-Nutricionista colegiado

P.D. En enero de 2016 hablé de “Dieta FODMAP para el síndrome del intestino irritable: no hay consenso“.

P.D.2. Una revisión publicada en agosto de 2016 (Curr Gastroenterol Rep. 2016 Aug;18(8):41.) concluyó que “Although dietary interventions for IBS are frequently recommended, there is a paucity of data to support their use […] with limited data on long-term safety and efficacy” (Pese a que se recomiendan frecuentemente intervenciones dietéticas para abordar el síndrome del intestino irritable, existe una escasez de datos que apoye su utilización […] con pocos datos sobre su eficacia y seguridad a largo plazo).