julio

Esta mañana, regando las plantas, me he acordado de un profesor que tuve al acabar la EGB. Para quien no lo sepa, EGB son las siglas de Educación General Básica, una etapa del sistema escolar español que comprendía de los 6 a los 14 años. Pues bien, cuando yo tenía 14 años, es decir, al finalizar (por fin) la EGB, un sarcástico profesor cuya sola presencia nos despertaba a todos una incontrolable antipatía, comunicó a mis padres (verbalmente y por escrito) que yo no era apto para los estudios. Era nada menos que el tutor, toda una supuesta autoridad en educación, o eso parecía pensar él.

 

Además de sentirme muy distinto a los demás (compruébenlo en la foto que tienen encima de estas líneas), sacaba muy malas notas, la verdad. Tampoco tenía nada claro qué hacer con mi vida, por lo que seguramente ese no era un buen momento para seguir transitando el camino de los suspensos. Pero eso no justifica afirmar categóricamente, desde un imaginario púlpito, que alguien no está capacitado para estudiar. Es un error mayúsculo, además de reflejar una prepotencia intolerable.

 

Es como dejar de regar una de las macetas que tenemos en el balcón porque en el resto ya han crecido unas preciosas flores y en ella no asoma ni un triste brote. De ahí que hoy haya recordado a aquel desagradable profesor: llevo unas semanas regando las plantas de casa de unos amigos que están de vacaciones, y esta mañana me he dado cuenta de que todas las mañanas riego una maceta en la que solo hay tierra. ¿Y si esconde una de esas famosas semillas de bambú japonés que precisa siete años de riegos y cuidados? Habla de ellas Álex Rovira en su texto titulado “El bambú“.

 

Lo cierto es que no sé si en esa maceta hay alguna semilla, pero la verdad es que no me importa.

 

Explicó muy bien lo que intento transmitir aquí Marina Boix, el pasado 3 de julio. Lo hizo en el acto de graduación de los estudiantes de Grado y Máster en Nutrición Humana y Dietética de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Alicante. Pueden disfrutar su discurso, que fue exquisito, en este enlace: http://vertice.cpd.ua.es/147765 (desde el minuto 57).

 

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Me gustó en especial que Marina relatase una conocida fábula, que resumo a continuación.

 

Dos ranas cayeron sin darse cuenta en un gran hoyo. Desde arriba, otras ranas les gritaron que la profundidad era de tal calibre que era mejor que aceptasen la muerte: imposible saltar tanto como para alcanzar la superficie. Tras algunos intentos fallidos, una de ellas cejó en su intento, pero la otra siguió saltando con todo su empeño. Las ranas le chillaban: “es inútil”, “déjalo estar”, “no podrás”, u otras frases similares. La rana, contra todo pronóstico, saltó con renovadas fuerzas y salió del hoyo. El resto de ranas, atónitas, le preguntaron:

 

—¿No escuchaste lo que te decíamos?

 

Ella no contestó, porque era imposible que les oyera: era sorda. Cuando estaba en el fondo del hoyo, al ver a sus compañeras animándole (eso pensaba ella) sintió cómo una invisible energía se apoderaba de su cuerpo. Un energía que le salvó la vida.

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Y es que el efecto negativo de frases como “fulanito no es apto para estudiar” puede ser demoledor y afectar de por vida a alguien. Por eso creo que regar una maceta, aunque no sepamos si tiene o no semillas, es un deber moral de todo jardinero.

 

Por fortuna, catorce años después de que el engreído “profesor” afirmase que en mi cerebro no tienen cabida los estudios formales, descubrí la nutrición y salté bien alto. Tanto como para ser invitado, años más tarde, a impartir la “lección magistral” en el acto de graduación antes citado: http://vertice.cpd.ua.es/147765 (desde el minuto 7:20).

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Les aseguro que no proyecto esta “película” para darme fasto, con la aprobación de mi mujer y de mis hijas me siento feliz. Lo hago alentado por una genial reflexión que incluyó mi amiga Roser Jordà en un texto sobre la tragedia de los refugiados de Siria y de otros países en conflicto, pero que es extrapolable a otras pequeñas injusticias cotidianas:

 

“Cuento esta historia porque estoy plenamente convencida de que el olvido es el primer paso hacia la repetición […], porque la historia individual tiene más fuerza simbólica que la colectiva”.

 

Es decir, comparto esta humilde “historia individual” por si sirve para que no se olviden ni se repitan actitudes como la de ese profesor que tanto daño me hizo, y muy frecuentes en nuestra sociedad. Si un educador quiere que sus alumnos se conviertan en “personas de bien”, lo primero que debe hacer es ser un ejemplo a seguir, justo lo que hacemos mi mujer y yo con nuestras hijas. No dejen de ver, por cierto “La educación prohibida“.

Criamos a nuestras hijas

No olvidemos, por último, que ni los estudios, ni las notas, ni los títulos, ni los reconocimientos académicos determinan la inteligencia, la cultura, y mucho menos la sabiduría de alguien. Lo expuso mejor que nadie una persona muy sabia, el inmortal Eduardo Galeano:

 

“Culto es aquel que es capaz de escuchar, no el que más lee. Yo creo que los libros pueden ser instrumentos de formación cultural muy importantes, como la televisión también debería ser, pero sobre todo es un problema de actitud. Culto es el que es capaz de escuchar, aunque sea analfabeto, ese hombre que se sienta a la vera del río cuando cae la tarde, y que no sabe leer ni escribir, pero es capaz de escuchar las voces del agua, las voces del follaje, las voces del cielo que va cambiando de colores, ése es un hombre culto. Y entonces a mí me interesa escuchar lo que ese hombre tiene que decirme”.

 

P.D. Belén, responsable del portal Quimidicesnews (noticias químicas para todos), ha compartido en su cuenta de Twitter (@quimidicesnews) una inteligente razón para seguir regando las plantas aunque no sepamos qué hay en el interior de la maceta: las semillas las trae el viento.