Tengo la gran suerte de tener buenos amigos, de esos que no exigen ni frecuencia ni confidencias, como bien explicó el gran Borges en esta entrevista. Aunque también caigo bastante mal a ciertas personas, algo cada vez más habitual. Es lógico e inevitable: cuanto más te expones, más posibilidades tienes de ganar enemistades. Sobre todo si afirmas sin titubear, como suelo hacer últimamente, que las plantas medicinales no son trigo limpio, que los productos depurativos, desintoxicantes, detox o quemagrasas son un disparate, que la homeopatía es un timo del tamaño del sistema solar o que las dietas o sustancias anticáncer son un engaño peligroso.

 

La cuestión es que las personas que no me soportan me etiquetan a menudo como “talibán de la nutrición” o variantes similares. En muchas ocasiones piensan que es la primera vez que recibo ese insulto. Lamento decirles que no tienen el don de la originalidad, como tampoco lo tiene el que al escuchar mi nombre suelta “¡Julio Iglesias!”, o “¡Basalto, como la piedra!”, tras oír mi apellido.

 

Así que si alguien está pensando en apodarme “el talibán de la dietética”, que sepa que no tiene nada de novedad, me lo dicen como mínimo una vez por semana. Hoy mismo he recibido un mail en el que una amable mujer me ha dedicado estas cariñosas palabras: “Eres un talibán de la comida”. No contenta con eso, ha añadido: “Te he visto en algún video y bueno, tampoco tu cuerpazo es la bomba, del montón”.

 

No le he contestado, desde luego. Ya lo he dicho en alguna ocasión, pero no me importa repetirlo, soy fiel seguidor de esta máxima de Mark Twain: “La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso”.

 

En cualquier caso, si no me quedase más remedio que responderle, le diría que tiene razón en una parte de la segunda afirmación: mi cuerpo no es en absoluto “la bomba”. Por suerte, mi preciosa, sabia y cariñosa mujer no mide su amor por las personas o por los animales en función de su apariencia externa. Yo tampoco, dicho sea de paso.

 

Pero he comentado que le daría la razón en parte de la afirmación “tampoco tu cuerpazo es la bomba, del montón”. Porque aunque sea cierto que mi “cuerpazo” no es la bomba, no lo es que sea “del montón”. Veamos. Resulta que a mis 44 años tengo un Índice de Masa Corporal (IMC) de 21,4 kg/m2 (hablé del IMC aquí), es decir, tengo un peso normal, o, mejor dicho “normopeso”. Pues bien, la media de los varones españoles de entre 30 y 44 años tiene un IMC de 26,5 kg/m2, o sea, sobrepeso. Cito el rango de entre 30 y 44 años porque no tengo datos para saber el IMC de los varones de 44 años. Si saltamos al siguiente rango veremos que la media de los varones españoles de entre 45 y 59 años tiene un IMC de 27,8. He tomado los datos de los cálculos publicados por BBC News Health el 12 de julio de 2012 (Where are you on the global fat scale?).

 

Vamos, que para que yo fuera “del montón” debería tener sobrepeso, y no es el caso. Puede que la mujer sea de las que piense que “lucir barriguita” es la mar de saludable, así que aprovecho para traer la conclusión de una rigurosa investigación que apareció la semana pasada en la revista científica Circulation: “El sobrepeso y la obesidad, así como la adiposidad abdominal, se asocian con un mayor riesgo de fallo cardíaco”. Tienen el estudio, elaborado por el doctor Dagfinn Aune y sus colaboradores, en este enlace: www.pubmed.gov/26746176. También es posible que la susodicha dama crea que delgadez y enfermedad son sinónimos. Si fuera el caso le invitaría a revisar la bibliografía que cité en el texto “Delgadez y salud”.

 

Podemos incluso ir más allá porque ¿y si yo tuviera delgadez u obesidad? ¿sería eso incompatible con ser un buen nutricionista? No, no es incompatible, porque ni la obesidad ni la delgadez son culpa de la persona que las padece. Tampoco son tan fáciles de revertir como buena parte de la población cree. Profundicé en estas cuestiones en los textos “La pereza ¿engorda?” y “¿Estoy demasiado delgado?”. El principal objetivo de los nutricionistas no es “adelgazar” o “engordar” a sus pacientes, sino mejorar su estilo de vida para que ello revierta de forma positiva en su salud a corto, medio y largo plazo. Si yo siguiera un mal estilo de vida, independientemente del peso que tuviera, entonces sí podrían soltarme refranes como “No es lo mismo predicar que dar trigo” o bien “Consejos vendo y para mí no tengo”. Los dietistas-nutricionistas, por cierto, no solo abordamos problemas relacionados con el peso corporal. Si leen este documento, que presentamos ante el Senado en 2010, lo entenderán.

 

Tampoco puedo dar la razón a la simpática mujer cuando afirma que soy un “talibán” de la comida. No solo porque en absoluto soy un “fanático intransigente” (segunda definición de “talibán” de la RAE), sino porque, tal y como me explica mi amigo Antonio Ortí (inteligente periodista, mejor escritor), esta palabra se utiliza para aludir a quien va en contra de lo establecido. Para ello yo debería afirmar, por ejemplo, que determinados alimentos tienen propiedades sanadoras y medicinales (cosa que no hago), que las galletas nutren a nuestros hijos de lo lindo (cosa que tampoco hago), que una copita de vino es buena para la salud (eso nunca), que la leche materna y la artificial son casi igualitas (jamás de los jamases) o que obligar a los niños a comer es la clave para nutrirlos y para que aprendan quién manda aquí (dios me libre).

 

Y es que si hay algo que intento, ese algo es predicar con el ejemplo y basar mis recomendaciones en lo que concluyen las investigaciones rigurosas, las evidencias científicas exentas de sesgos, los consensos de entidades sanitarias sin conflictos de interés. Es decir, en “lo establecido”. Y sigo ese camino con el único objetivo de mejorar la salud pública, pese a que pueda molestar a ciertos sectores de la población. Lo que me recuerda a esta reflexión de Santiago Ramón y Cajal: “¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o jamás amaste la justicia?”.

 

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