Me ha costado escribir “alimentos malsanos” en el título, en vez de lo que verdaderamente son: productos malsanos. Y es que hay engendros en los supermercados que ni en sueños se merecen el calificativo “alimento”. ¿Acaso un grito desgarrador es una melodía? Que no nos despisten: las grandes empresas de alimentos no cotizan en bolsa por ir a la moda sino porque persiguen fines claramente lucrativos. Su objetivo primario no es que tengamos salud sino ser rentables, y por eso invierten auténticos dinerales en convencernos, entre otras cosas, de que “un día es un día” (y al final todos los días son ese “un día”), de que “el azúcar es necesario para el cerebro” (no lo es), de que andamos tan deshidratados que para no sufrir bíblicas consecuencias debemos tener siempre a mano “líquidos”, y si son azucarados mejor (ejem), etc. ¿Sabía que la industria de las bebidas azucaradas gasta cada año unos mil millones de dólares en publicidad? Téngalo en cuenta cuando esté a punto de soltarle a un nutricionista que “siempre explicas lo mismo”.

 


Dicho esto, deben saber que consumimos tanta cantidad de estos productos gracias, sobre todo, a las inteligentemente diseñadas campañas de marketing de la industria alimentaria. Es lo que justificaron Pierre Chandon y Brian Wansink en octubre de 2012 en la revista científica Nutrition Reviews. Titularon su investigación así: “¿Es necesario que la comercialización de alimentos nos haga engordar?”. La respuesta es que no, claro, no es necesario…pero es bastante inevitable si alguien no pone freno de alguna manera a las citadas campañas, según indiqué en el texto “Querido gobierno, haga algo para prevenir la obesidad, que para luego es tarde”. Se trata de campañas que se sustentan, según Chandon y Wansink, en cuatro pes:

 

  • Publicidad (en televisión, Internet, tiendas, películas, series, juegos de ordenador o de teléfonos móviles, etc.),
  • Producto (composición, sabor, aroma, textura, densidad de calorías, tamaño de la porción, etc.)
  • Punto de venta (no solo en supermercados –en los que la ubicación del producto es pura ingeniería- también encontramos productos malsanos listos para comer en bares, restaurantes, supermercados, gasolineras, quioscos, escuelas e incluso hospitales).
  • Precio (¿se han dado cuenta de lo barato que es comer insano?),

 


¿Cómo apaciguar esos cuatro jinetes dispuestos a todo? Pues tomando medidas como la que acaba de protagonizar el gobierno de Chile: prohibir que los alimentos insanos vengan con regalo incluido, algo que muchos llevamos pidiendo desde hace años. Otra medida sería implementar de una santa vez los perfiles nutricionales, para evitar que encontremos declaraciones de salud en sustancias comestibles que de nutritivas tienen más bien poco.

 


Hay muchas otras medidas a tomar, sin duda. Pueden consultarlas en el Informe Global de la Nutrición (“Global Nutrition Report”), coordinado en 2015 por el Instituto de Investigación International de Política Alimentaria (International Food Policy Research Institute –IFPRI-) y en el que ha colaborado la Comisión Europea.

 

Pero hoy he pensado en que quizá nosotros, como ciudadanos, podemos contrarrestar con otras cuatro pes las cuatro pes del marketing de alimentos, antes citadas. Las propongo, que quede claro, sin ánimo de sentar cátedra, dado que no están sustentadas en pruebas científicas. Son simples sugerencias que creo que pueden ayudarnos a frenar la actual epidemia de enfermedades relacionadas con la nutrición: hipertensión arterial, diabetes tipo 2, cáncer…y desde luego obesidad. Una condición, por cierto, que “no es una debilidad moral, sino una respuesta normal a los cambios del entorno”, según leemos en la investigación de Chandon y Wansink. De ahí la necesidad imperiosa de un mayor control político del marketing de alimentos. Sea como fuere, ¿qué cuatro pes podemos utilizar para alejarnos de su seductor, hipnótico y devastador efecto? Se me ocurren las siguientes:

 

  • Pensar lo que comemos. Buena parte de la población no busca salud en la comida, sino sabor, variedad y comodidad. Y si su precio es bajo, pues mejor. Por ello, es preciso insistir en que una mala alimentación determina en buena medida nuestro estado de salud. Para la Organización Mundial de la Salud, la nutrición es “uno de los pilares de la salud”.

 

  • Planificar. Planificamos nuestro currículum académico, nuestra jornada laboral, nuestras vacaciones…pero nos cuesta planificar qué comeremos esta tarde, mañana, esta semana. Sin embargo, no hacerlo es un peligro. Es casi una garantía de acabar con nuestros estómagos repletos de productos superfluos y malsanos.

 

  • Prescindir de alimentos superfluos. ¿Cómo detectarlos? Creo que no hace falta ser un catedrático de nutrición para ello. Son baratos, se publicitan por tierra mar y aire, vienen repletos de calorías, azúcar y sal, y además están deliciosos, así que es normal que nos rodeen y que nos aporten buena parte de la energía que consumimos. Comenzaría por prescindir, sin duda, de las bebidas azucaradas. Hacerlo es, en mi opinión, una prioridad mundial.

 

  • Paciencia. Tomamos, de media, 112 gramos de azúcar y 10 gramos de sal cada día. Solo con estos datos ya podemos hacernos a la idea de lo difícil que es para muchas personas disfrutar del sabor de frutas, hortalizas, legumbres y otros alimentos saludables. En comparación, estos últimos “no saben a nada”, según tales personas, dado que su paladar se ha acostumbrado al potente sabor de las sustancias comestibles que nos rodean. Reeducar a nuestro paladar pasa necesariamente por algo de paciencia. Creo que de igual manera que nos aclimatamos al frío y al calor, también “aclimatamos” nuestro paladar a comida sana o malsana.

 

 


Nota: muy agradecido a Ana Lucía Fernández, y sobre todo a Olga Ayllón (mi maravillosa mujer), por su asesoramiento en este texto.